Estoy Verdaderamente Dolida e Indignada Por La Muerte De Débora (Pero No Por Lo Que Piensan)

La joven, bella, profesional y amada Débora Pérez Volpin falleció antes de tiempo. Será la justicia la encargada de determinar qué fue lo que pasó, si caben culpas por mala práctica o si fue una tragedia que no podía ser evitada. Nada de eso la devolverá a sus sufrientes familiares.

Pero lo que me incita a escribir no es esto. No la conocía, me la crucé una sola vez trabajando. No lo suficiente como para saber qué tipo de persona era. Su muerte me afectó porque como madre sentí la desprotección de sus cachorros aún jóvenes. Porque como humana me puse en el lugar de su pareja. Porque como madre me desgarró el pensamiento de perder a mi hija. Porque como paciente me pregunté cuántas veces hemos estado y estaremos cerca de la muerte en procedimientos médicos de rutina, sin siquiera saberlo. Me conmovió mucho. Pero hasta ahí llegué.

Lo que veo con indignación, es la utilización mediática de su fallecimiento para engrandecer egos desinflados.

El negocio del periodismo, y específicamente el periodismo televisivo, parece grande pero no lo es. Es más chico que un pueblo chico. Somos pocos y nos conocemos todos. Mucho.

Hablando con colegas sobre este tema, es obvio (para nosotros) que hay ciertos personajes que, como Débora, son muy queridos en el medio. Y hay otros (que no nombraré) que no son queridos, ni respetados, ni admirados. Que tienen un personaje frente a cámaras y son otra persona por detrás.

Varios de esos personajes se han montado al caballo de la calesita mediática de la muerte de DPV para congraciarse con el público, haciéndose pasar por gente “cercana” a la difunta, sin serlo, o mostrando una congoja pública digna de un Oscar a la peor actuación del año. La llaman con apodos cariñosos para apoyarse.

Según la escuela de periodismo, obviamente en decadencia, de donde vengo, el periodista es un vector de transmisión de noticias y no su protagonista. Si hay una historia que le pega tan fuerte, tan personalmente que no le deja hacer bien su trabajo entre las lagrimas que se deslizan por sus mejillas (de cocodrilo o verdaderas) esa persona, ese periodista debe dejar la tarea en manos de un colega que pueda hacerlo.

Utilizar la muerte de una persona, colega o no, para levantar su propia imagen o aumentar los seguidores en las redes sociales, es de un cinismo y falta de profesionalidad inaudito. Es siniestro. Máxime cuando somos muchos quienes sabemos que esa supuesta “amistad o hermandad” no existía, y ahora que la víctima, por partida doble, ya no está para defenderse y decir la verdad. La victimizan doblemente. Una aberración.

 

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