Santiago Maldonado

Después de más de 30 años ejerciendo periodismo reconozco que “he crecido cáscara” como dice mi amigo Eduardo. Recuerdo perfectamente cuando a los 8 años vi en un diario amarillista la foto de una niña atropellada en un accidente automovilístico. Una foto pequeña, en blanco y negro, me impresionó de tal manera que podría describirla al detalle décadas después. Hoy, habiendo estado expuesta a degollamientos de ISIS, heridos de guerra, asesinatos de niños y tanta crueldad humana más, casi nada me impresiona. Creo que es por eso que la desaparición y probable muerte (hasta el momento de escribir esto) del joven artesano y mochilero Santiago Maldonado no me había tocado ninguna fibra íntima. Me indignaba el hecho. Imaginé todo tipo de manejes políticos que me daban una bronca visceral. Pero ¿quien era Santiago en mi vida? No lo conocí, su vida itinerante y su habilidad para hacer tatuajes no me conmovían. Santiago no había descubierto la cura contra el cáncer, no era nadie. Y de repente, algo me pasó. Vi una foto. Una de tantas fotos y repentinamente sus ojos me penetraron hasta el alma. Su foto me miró directamente a los ojos y me dijo “yo podría ser tu hijo”. O el mejor amigo de tu hija. O un vecino. O el hijo de un amigo. Repentinamente en ese momento se transformó en un ser de carne y hueso, con una familia que lo extraña y lo llora. Con un último video saludando a cámara y sonriendo que me revuelve las vísceras. Ya no importa si sus ideas y las mías se encuentran políticamente en las antípodas. Ni si su pelo largo en rastas me habrían llevado a decirle “córtate el pelo hijo, que así nadie te va a dar un trabajo como la gente”. Ese muchacho es el rostro de miles de jóvenes que han sido violentados, vejados, desaparecidos, torturados y asesinados en todo el mundo. Ese muchacho con esos ojos que me miran el alma me habló y me dijo: “no me olvides. No soy tu hijo, pero podría serlo”.

Ojala la justicia haga justicia. Ya es hora.

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