Primer Aniversario. First anniversary

Hoy 26 de octubre de 2017, hace ya un año que un mal diagnóstico y su consiguiente tratamiento incorrecto se llevaron a mi mamá en una muerte prematura. No por su edad, ya que tenía 91, sino porque a sus más de nueve décadas era independiente, vivía sola, hacía las compras, cocinaba, daba clases de escultura, terminaba diariamente las palabras cruzadas después de leer el diario, leía varios libros por mes, y asistía a clases de gimnasia 3 veces por semana, colaborando al contar la cantidad de repeticiones de los ejercicios, ayudando así a la “profesora” quien se confundía. Su mente estaba mejor que la mía hoy. Su memoria era prodigiosa. Siempre le hacía la broma de que ella escribiría algún día mis memorias. Y además cosía y arreglaba ropa, invitaba a sus amigas a tomar el té, y a mi a almorzar y cenar todo lo que podía, usando mis comidas favoritas como excusa tentadora para verme más seguido. Era mi fanática número uno. No se perdía ninguno de mis programas de TV, publicaciones en mi blog o mis relatos de viajes o de la realidad diaria.

Tal como me dijeron quienes ya habían pasado por esta experiencia tan dolorosa, uno aprende a vivir con las ausencias, uno termina aceptando que ya no podrá volver a llamarla por teléfono mientras maneja para contarse las novedades mutuas, ni abrazarla, ni oler su aroma. Uno admite ese doloroso “nunca más” de cuando un ser amado nos deja para siempre. Y le habla al éter con la esperanza de que esté en otro plano pero escuchando. Uno le cuenta las novedades, las frustraciones y las alegrías. Porque es posible que no esté o que no escuche. Pero vale la pena por si acaso.

La recuerdo cada día de mi vida. La extraño muchas veces por día. Me dio el mejor ejemplo que puede dar una madre: su amor, su inteligencia y cultura, su manera de estar siempre lista a ayudar y colaborar en todo. Cada ser humano es irreemplazable. Y la madre eleva esa ecuación a la enésima potencia.

Aunque me prometió vivir hasta los 100, lo cual creí a medias, lamentablemente no llegó. Pensé que era eterna y no me equivoqué. Lo es en mi corazón. Te amo mamá.

 

A year ago today a misdiagnosis and its consequent incorrect treatment took my mother from us. It was a premature death. Not because of her age, since she was 91, but because with more than nine decades she was independent, she lived alone, doing all her shopping and cooking, plus teaching sculpture, finishing crosswords daily after reading the newspaper, reading several books a month, and attending gym classes 3 times a week, even collaborating to count the number of repetitions of the exercises, thus helping the “teacher” who was usually confused. Her mind was better than mine today. She had a prodigious memory. I always joked that she would write my memoirs someday. And she also sewed and fixed clothes, invited her friends to tea, and invited me to have lunch and dinner as much as possible, using my favorite foods as a tempting excuse to see me more often. She was my number one fan and never missed any of my TV programs, read all publications on my blog, my travel stories or descriptions of daily reality.

Those who had gone through this painful experience told me that one learns to live with absences, one ends up accepting that one can no longer call her on the phone while driving to tell each other’s news, embrace her, or smell her aroma. One accepts that painful “nevermore” when a loved one leaves us forever. And one speaks to the ether in the hope that she is on another dimension but listening. One tells her the news, the frustrations and the joys of life. It is quite possible that she is not “out there” or that if she is, she cannot listen. But it’s worth trying it just in case.

I remember her every day of my life. I miss her many times a day. She gave me the best example that a mother can give: her love, her intelligence and culture, her way of being always ready to help and collaborate in everything with everybody. Every human being is irreplaceable. And the mother raises that equation many times over.

Although she promised to live to 100, which I wanted to believe, unfortunately she did not make it. I thought she was eternal and I was not mistaken. She is eternal in my heart. I love you mom.

Un Final Inesperado

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Apenas 3 meses después del repentino e injusto fallecimiento de mi mamá, me tocó hacer una “feria americana” o garaje sale en ingles, para vender las cosas que no hemos regalado ni podemos o queremos conservar de ella.
El trabajo de revolver sus cosas, de eventualmente sentir sus aromas, de recordarla por cada uno de los objetos, ha sido un drenaje continuo de energía y una renovada tristeza diaria.
Se agregó el frustrante impedimento de la regulación de su edificio, que en las palabras y acciones de una vecina me prohibieron hacer la venta cuando todo estaba acomodado y tenía puesto su precio.
Por suerte apareció un ángel en el camino en la forma de mi amiga Marina, quien me ofreció hacerlo en su garaje. Allí fui con la ayuda paga de un asistente. Tres horas sin parar fueron suficientes para trasladar las sábanas de lino bordadas a mano de su ajuar de bodas, varios manteles de similar calidad, ollas, floreros, adornos y muchísima ropa de un lugar a otro, distante a sólo dos cuadras.
Muchas de las cosas que ahora vendía, yo misma se las había regalado. Muchas las había hecho ella: desde ropa a objetos de cocina.
Era triste despedirme de esos elementos que me vinculaban a mi viejita, que me recordaban momentos y lugares. Y más triste aún cuando regateaban el ya bajísimo precio.
Cuando la venta terminó, regalé parte de las cosas sobrantes para una venta similar en beneficio de un refugio de animales, otra parte a una mujer humilde empleada de Marina y el resto, principalmente ropa de abrigo, lo llevé a Miami Rescue Mission Center for Women and Children.
Y ahí cambió todo. Estacioné en la puerta bajando del auto varias y enormes bolsas llenas. ¿Cuanto puedo haber tardado en entrar, firmar un recibo y volver a salir? ¿Dos minutos?
En ese mínimo lapso de tiempo vi a dos mujeres que recibían un plato de comida caliente pero no permiso de entrar al lugar, así que se sentaron en la vereda a comer con cubiertos de plástico y platos de cartón y otra que tocó el timbre y preguntó tímidamente ¿“puedo bañarme”?
Repentinamente toda esa ropa usada dejó de ser un nexo entre mi madre y yo para verla por lo que era: el futuro abrigado de cuerpos extraños que lo aprovecharían sin pensar en su origen ni en nada. Sólo eran trapos que salvarían de las pocas noches frías de Miami a estas mujeres despojadas de lo mas mínimo como una casa, un baño, una cama. Despojadas de toda dignidad.
De alguna forma –y admito que posiblemente es sólo mi imaginación- sentí que Rosita me enviaba un mensaje, en la forma chistosa de un dicho de mi papa: “No hay que darle trascendencia a lo intrascendente”.
Repentinamente me sentí tonta al estar triste por desprenderme de las cosas de mi viejita. Estaban mucho mejor en su nuevo destino. Y nuevamente tuve la sensación de ser una mujer muy pero muy afortunada.

El Luto y La Risa

img_1829 Para mi era muy curioso ver a mis abuelos discutir. En casa, jamás presencié algo así de mis padres.
Mi abuelo paterno, nacido en 1889, era un gaucho ruso que viajó en la última diligencia de correo de La Pampa, vio la piedra movediza de Tandil antes de que se cayera en 1911 y tantas historias más que nunca volveré a escuchar…ni a recordar…
Se casó con mi abuela Sofía cuando ella, una delicada flor que estudiaba violín y varios idiomas, tenia nada más que 15 años. Tuvieron 3 hijos y una hija.
Mi papá, Adelino, era el mayor.
León era una roca, un hombre rudo y fuerte y le gustaba comer la comida a una temperatura que quemaría a un samurái. Mi abuela literalmente sacaba la olla con sopa de la hornalla en medio del hervor, así como estaba la llevaba a la mesa, con cucharón metálico le servía a mi abuelo quien sin esperar a nadie la probaba y comentaba: “está fría”. Ahí empezaba la discusión. Si creen que exagero para obtener un resultado más dramático o cómico, les aseguro que no. La que sabía de fechas y datos era mi mamá Rosita. Con su fallecimiento he perdido el Archivo General de la Nación, así que no sé cuántos años estuvieron casados pero cuando Sofía murió de enfisema pulmonar (sin haber fumado jamás) León declaró que “no volvería a sonreír”. Que no tenía más motivo para hacerlo. La “roca” decidió entonces que se dejaría morir (¿de amor?) y como era un hombre tan fuerte tardó unos años pero lo logró. Igual llegó a cumplir 93. Reitero que sin Rosita puedo equivocarme en todos los datos pero recuerdo que a los 91 todavía iba a trabajar en autobús (se negaba a la oferta familiar de un chofer) al negocio de mi padre y uno de mis tíos, donde como cajero descubrió que un empleado estaba robando dinero. Tenia todas sus facultades mentales intactas.
¿A que viene toda ésta historia? A que desde que falleció mi mamá, hace apenas 15 días, me he reído varias veces…pero cada vez que lo hago siento como un dolor en la boca del estómago. Y pienso en ella. Pienso en su última hora de vida y en sus últimos minutos. Veo una y otra vez su cara de preocupación con los ojos abiertos de par en par antes que la operaran para ver si se podía hacer algo por salvarla. No estoy segura que estuviese al tanto de sus circunstancias. No sabía si me escuchaba. Parecía estar “ida”. Pero ahora estoy convencida de que sí escuchaba y entendía si no todo, casi todo. Pienso una y otra vez en cómo desperdicié esa oportunidad de decirle tantas cosas.
Y cuando salió de la operación, ya con sus ojos cerrados que nunca volvería a abrir, le hablé y le dije tantas veces que la amaba, que la extrañaría y también le pedí perdón por muchas cosas, hasta que entró una enfermera que no tenía nada que hacer allí y me dijo: “lo último que se va es la audición. Ella te escucha”. A partir de ese momento volví a repetirle una y otra vez cuánto la amaba y le pregunté si escuchaba. Casi imperceptiblemente movió la cabeza de arriba hacia abajo en señal afirmativa. Por suerte Santi había llegado y fue testigo. No me lo estaba imaginando. Seguí hablándole hasta cuando unos minutos después dejó su cuerpo, y lo hice por varias horas más, mientras lloraba desconsoladamente, la abrazaba y besaba sin parar.
Nunca sabré qué quiso decirme cuando aún tenía los ojos abiertos. Quizás que no quería morirse. Quizás que no le importaba morir porque volvería a estar con su amado esposo, sus dos hijas fallecidas, sus seres queridos muertos antes que ella. Quizás quería decirme que no me preocupara por ella, que estaba en paz. Quizás que lamentaba no poder cumplir con la promesa que nos hizo a Nicole y a mi que viviría hasta los 100. Nunca sabré la respuesta.
Lo que sí sé es que por ahora, aun el cómico más espectacular del mundo no me sacará una carcajada.

Foto: es la escultura que hizo de mi papá, a pedido mio. Se rompió en mil pedazos cuando la horneaba, algo que nunca le habia pasado.Quizás mi padre se negaba a ser inmortalizado…

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