Una Analogía con la Vida

Me gusta pensar que soy una especie de “defensora de pobres y ausentes”, y una de sus manifestaciones es que a través de los años he “adoptado” plantas abandonadas. Esas que mis vecinos de turno ponen en el lugar de la basura porque se han rendido ante sus hojas marrones o amarillas y las han reemplazado por otras nuevas, bien verdes y rozagantes.
Sin poder evitarlo, he tomado posesión de esos seres vivos en vías de una muerte inmediata con la intención de salvarlas.
Lo hice hace unos 10 años con un “árbol del dinero” (Plectranthus verticillatus) que encontré, que medía unos 30 centímetros en total y constaba de tres ramitas entrelazadas en forma de trenza (¿eso es redundante?). Por al menos cinco años, la cuidé amorosamente, pero solo producía pequeñísimas hojitas que se ponían amarillas y se caían. En todos esos años no creció absolutamente nada. Mis cuidados evitaban que se muriera pero estaba siempre agonizante.
Un día le presté más atención y noté que una de las ramitas no daba hojas. Parecía seca. La desenredé cuidadosamente y la extraje por completo. Efectivamente, estaba seca. A partir de ése momento, como un cuento de Juanito y las habichuelas mágicas, la planta reverdeció y empezó a crecer…y crecer…y crecer hasta convertirse en un árbol.
Es una buena analogía con la vida. A veces tenemos una parte seca o muerta en nuestras vidas que no nos permite crecer, mejorar, ser felices o ser exitosos. Puede ser un trauma no resuelto, o una relación enfermiza o simplemente mala, o un miedo que no podemos superar o una infinidad de factores.
Es importante mirarnos con mucho cuidado y atención para identificar esa rama seca que nos tiene abrazados en apariencia, pero restringidos en realidad, y que nos impide crecer, superarnos, alcanzar nuestras metas y como logro final, ser más felices en nuestras vidas.

De lo negativo a lo positivo

CEcilio

Cuando tenía 18 años mantuve una conversación con mi tío Cecilio, el hermano de mi mamá. Médico él, me habló como los adultos les hablamos a los jóvenes: desde el lugar del razonamiento y la experiencia, mostrando la realidad tal cual la conocemos para despertarlos de esa fantasía en la que viven estos humanos inmaduros a quienes ya les llegará, con los años, el conocimiento que da el diario vivir.

A cada una de mis afirmaciones y preguntas, mi tío me contestaba con un baldazo de agua fría.

Cecilio: ¿Que queres hacer con tu vida? me preguntó.

Lana: ¡Quiero viajar por el mundo! Contesté.

C: Pero si no tenés dinero

L: Voy a trabajar para eso

C: ¿De que vas a trabajar si no sabes hacer nada?

L: De lo que sea, ya veré.

C: ¿Y como te vas a comunicar si no sabes hablar mas que castellano?

L: Voy a aprender idiomas, insistí.

Lo que Cecilio no sabía es que ese pequeño diálogo -que espero nunca olvidar- fue el principal motor que movió mi vida. Esos “no” que él me entregó en bandeja con la mejor intención de volverme a la realidad, fueron los que me impulsaron a demostrarle que estaba equivocado, que yo si podía hacer todo eso…y que se convirtieron en la descripción básica de mi vida: viajes, aventuras y aprendizaje de idiomas.

Muchas veces he dado charlas (en NYU para estudiantes de periodismo, en varias universidades argentinas, etc.) y he repetido ésa historia una y otra vez con un claro mensaje final: nunca dejes que ningún “tío”, ni nadie, te diga que no puedes hacer aquello que quieres hacer. Sin que él lo supiera, me pasé la vida demostrándole lo equivocado que estaba. Todos hemos tenido situaciones similares y para peor, a veces no ha sido un tío ni una tía, ni un padre o un maestro ni un amigo quien nos dijo que “había algo que no podíamos hacer”, sino que esa persona ha sido y es nuestro peor enemigo: nosotros mismos.

Continuamente debo recordar esto que estoy escribiendo. Hace pocos meses y después de varios años de luchar contra el Alzheimer, mi tío Cecilio se ha despedido de su vida en la tierra.

Feliz paso a la vida eterna querido Cecilio, y gracias por ayudarme tanto aún sin saberlo.

Foto: Cecilio en su juventud.

 

 

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