Un Final Inesperado

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Apenas 3 meses después del repentino e injusto fallecimiento de mi mamá, me tocó hacer una “feria americana” o garaje sale en ingles, para vender las cosas que no hemos regalado ni podemos o queremos conservar de ella.
El trabajo de revolver sus cosas, de eventualmente sentir sus aromas, de recordarla por cada uno de los objetos, ha sido un drenaje continuo de energía y una renovada tristeza diaria.
Se agregó el frustrante impedimento de la regulación de su edificio, que en las palabras y acciones de una vecina me prohibieron hacer la venta cuando todo estaba acomodado y tenía puesto su precio.
Por suerte apareció un ángel en el camino en la forma de mi amiga Marina, quien me ofreció hacerlo en su garaje. Allí fui con la ayuda paga de un asistente. Tres horas sin parar fueron suficientes para trasladar las sábanas de lino bordadas a mano de su ajuar de bodas, varios manteles de similar calidad, ollas, floreros, adornos y muchísima ropa de un lugar a otro, distante a sólo dos cuadras.
Muchas de las cosas que ahora vendía, yo misma se las había regalado. Muchas las había hecho ella: desde ropa a objetos de cocina.
Era triste despedirme de esos elementos que me vinculaban a mi viejita, que me recordaban momentos y lugares. Y más triste aún cuando regateaban el ya bajísimo precio.
Cuando la venta terminó, regalé parte de las cosas sobrantes para una venta similar en beneficio de un refugio de animales, otra parte a una mujer humilde empleada de Marina y el resto, principalmente ropa de abrigo, lo llevé a Miami Rescue Mission Center for Women and Children.
Y ahí cambió todo. Estacioné en la puerta bajando del auto varias y enormes bolsas llenas. ¿Cuanto puedo haber tardado en entrar, firmar un recibo y volver a salir? ¿Dos minutos?
En ese mínimo lapso de tiempo vi a dos mujeres que recibían un plato de comida caliente pero no permiso de entrar al lugar, así que se sentaron en la vereda a comer con cubiertos de plástico y platos de cartón y otra que tocó el timbre y preguntó tímidamente ¿“puedo bañarme”?
Repentinamente toda esa ropa usada dejó de ser un nexo entre mi madre y yo para verla por lo que era: el futuro abrigado de cuerpos extraños que lo aprovecharían sin pensar en su origen ni en nada. Sólo eran trapos que salvarían de las pocas noches frías de Miami a estas mujeres despojadas de lo mas mínimo como una casa, un baño, una cama. Despojadas de toda dignidad.
De alguna forma –y admito que posiblemente es sólo mi imaginación- sentí que Rosita me enviaba un mensaje, en la forma chistosa de un dicho de mi papa: “No hay que darle trascendencia a lo intrascendente”.
Repentinamente me sentí tonta al estar triste por desprenderme de las cosas de mi viejita. Estaban mucho mejor en su nuevo destino. Y nuevamente tuve la sensación de ser una mujer muy pero muy afortunada.