Una Analogía con la Vida

Me gusta pensar que soy una especie de “defensora de pobres y ausentes”, y una de sus manifestaciones es que a través de los años he “adoptado” plantas abandonadas. Esas que mis vecinos de turno ponen en el lugar de la basura porque se han rendido ante sus hojas marrones o amarillas y las han reemplazado por otras nuevas, bien verdes y rozagantes.
Sin poder evitarlo, he tomado posesión de esos seres vivos en vías de una muerte inmediata con la intención de salvarlas.
Lo hice hace unos 10 años con un “árbol del dinero” (Plectranthus verticillatus) que encontré, que medía unos 30 centímetros en total y constaba de tres ramitas entrelazadas en forma de trenza (¿eso es redundante?). Por al menos cinco años, la cuidé amorosamente, pero solo producía pequeñísimas hojitas que se ponían amarillas y se caían. En todos esos años no creció absolutamente nada. Mis cuidados evitaban que se muriera pero estaba siempre agonizante.
Un día le presté más atención y noté que una de las ramitas no daba hojas. Parecía seca. La desenredé cuidadosamente y la extraje por completo. Efectivamente, estaba seca. A partir de ése momento, como un cuento de Juanito y las habichuelas mágicas, la planta reverdeció y empezó a crecer…y crecer…y crecer hasta convertirse en un árbol.
Es una buena analogía con la vida. A veces tenemos una parte seca o muerta en nuestras vidas que no nos permite crecer, mejorar, ser felices o ser exitosos. Puede ser un trauma no resuelto, o una relación enfermiza o simplemente mala, o un miedo que no podemos superar o una infinidad de factores.
Es importante mirarnos con mucho cuidado y atención para identificar esa rama seca que nos tiene abrazados en apariencia, pero restringidos en realidad, y que nos impide crecer, superarnos, alcanzar nuestras metas y como logro final, ser más felices en nuestras vidas.

Lo Fugaz de la Vida

Baston
“Nadie tiene la vaca atada”. (Dicho argentino que indica que no somos dueños de la vida)

Hace no más de un par de semanas la vi a la señora Olga, la mujer de 97 años que vivía en mi edificio y que conocí hace 6 años cuando, como miembro del consorcio, fue la encargada de entrevistarnos junto a mi hija para aprobar nuestra mudanza al condominio.

Hace días, les contaba, ella caminaba erguida, ayudada más que nada “moralmente” por su asistente, mientras visitaba a unos niños vecinos míos.

Anteayer a la noche le pidió a su ayudante que la bañara. Se despertó como a las 2 de la mañana y pidió asistencia para ir al baño. Luego se durmió y ya no volvió a despertar.

Querida y respetada por quienes la conocíamos, era la imagen de la perfección: coqueta hasta el último día, su pelo blanco como la nieve siempre prolijamente peinado, tenia una memoria que aún con muchas menos décadas de vida le envidio y una sonrisa lista para ser compartida en todo momento.

Tuvo una vida satisfactoria y una muerte dulce como diría Simone de Beauvoir hablando de su madre. Creo que todos quisiéramos irnos así, sin sentirlo y sin sufrirlo.
Ella solía decir que “estaba lista”, que “cuando la llamaran desde arriba, se iría”.

Aparentemente se bañó y se arregló para éste viaje sin regreso.
Seguro la habrán recibido con las mismas sonrisas que ella seguirá repartiendo.

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